Por
Lic. Fernán Camilo Álvarez Consuegra
Editor de PUBLICACIÓNACCION
La pérdida de
la institucionalidad y la crisis económica que vive El Salvador, es consecuencia
política de la transformación y cambios en el poder, el que puédese estudiar a
partir de la evolución del poder latente y el poder actual. El cambio en la
forma de poder, marca la evolución económica y política del país.
El poder
latente es el poder que está en suspenso o sin expresarse, mientras que el
poder actual, es la capacidad de acción o que otros actúen de determinada
manera, creando un efecto político.
Desde finales
de 2017 hasta abril de 1019, Nayíb Bukele, construyó un poder latente, que se
fundaba en la esperanza de un cambio político, señalando las deficiencias y
acciones de las cúpulas partidarias para mostrar la corrupción partidaria y atribuirlas
a la organización de los partidos políticos, presentándolos como organizaciones
nacidas para sostener la corrupción dentro del Estado, justificando la
necesidad de un cambio, que desembocaría en un nuevo sistema político y por
ende, económico.
La penetración
de esta nueva idea política, utilizó el marketing desde las redes sociales,
mesclando verdades con falsedades y proyectos imposibles, para afirmar la idea
de la posibilidad de un cambio centrado en la persona de Bukele como líder
nacional. Este sistema un difundió un
mensaje único, que podría ser interpretado favorablemente a la creencia de cada
persona según su visión política, creando el efecto “molecular”, para poder
actuar conjuntamente ante un evento determinado: las elecciones de 2019, sin
necesidad de organización previa.
Al apartarse
del esquema del márquetin político tradicional, se dio la incomprensión de su
estrategia, hasta llegar a afirmarse que, “sin estructura partidaria, no sería
posible una campaña electoral, ni la defensa del voto”. Este error llevo a
pensar que sólo era necesario llegar a acuerdos entre cúpulas partidarias y la
elección estaría ganada, pues se sumarían sus militancias.
La estrategia molecular
de Bukele, iba dirigida a indecisos y la militancia resentida con las cúpulas.
Hubo tratos directos con estructuras municipales pequeñas, ofreciendo algún
tipo de estímulo, para que no se organizara convenientemente la defensa del
voto o diera la impresión de deserciones partidarias masivas. De esta manera,
el triunfo de Nayíb Bukele estuvo asegurado con el 53.8% de los votos, frente
al 13.7 % de ARENA.
A partir de su
triunfo, da inicio su revolución, exigiendo a la Fuerza Armada, lealtad a él y
no a la Constitución: la que asegura las garantías individuales, la
institucionalidad del Estado y la libertad económica dentro de un marco social.
En ese momento
comienza a construir su estructura, utilizando como núcleo la disidencia del
FMLN y la estructura de GANA, que en la medida que se desarrollaba la transformación
institucional a partir del 9F (Asalto a
la Asamblea el 9 de febrero de 2020).
Así abandona
el poder latente pre electoral, y ejerce el poder efectivo fundado en la Fuerza
Armada y cambia a muchas de sus estructuras tomadas del FMLN y GANA y las
substituye por otras, leales por la atracción natural del poder o la corrupción
en la administración pública.
Este cambio
político, utilizó la debilidad y los problemas propios de la democracia liberal
para crear un modelo nuevo, basado en el autoritarismo, pero se destruye también
el andamiaje económico, que necesita la institucionalidad del Estado para su
funcionamiento. Prospera el empresario que apoya al gobierno y castiga al que
no, en una suerte de libertad económica dentro de una economía dirigida. Los
cambios municipales obedecen a una visión de economía dirigida.
La crisis económica
generada por el cambio económico mundial, golpeara en los próximos meses a El
Salvador y la falta de libertad económica aunada a la disminución de las
remesas, puede crear una crisis social que tendrá que ser contenida por la
fuerza militar, lo que hará que se de un giro que se de en el pensamiento
colectivo, y se desee el orden anterior, sin régimen de excepción y sin la burocracia
estatal actual, sino la que la Constitución prescribe bajo un equilibrio en el
ejercicio del poder.